Trabajando, carreteando, viajando y, obvio, disfrutando por EE.UU
- 11/06/2007
- Matías
- Trabajo
Karen Greenhill se atrevió. Partió a trabajar lejos de su casa y familia, y aperró trabajando en un restorán disfrazada de scout. A pesar del papelón y de lo mal que se veía con su “uniforme” en la pega, se las arregló para carretearlas en el país del Norte. Más específicamente: en Kissimmee, un pueblito en el sureño estado de Florida.
Amigos no le faltaron. Cerveza y tequila tampoco. Pero hasta tempranito. Si al día siguiente hay que trabajar.
Y no sólo había que trabajar. También había que poner la mejor cara posible. Karen era hostess (algo así como anfitriona, un cargo gringo que les encanta ponerle a todo; y que consiste básicamente en atender al cliente en todo lo que necesite) de un conocido café/restaurant norteamericano y debía preocuparse bastante por su aspecto.
Además del pelo tomado, la prohibición de tener un piercing o un tatuaje a la vista, los gringos se vuelven monos si la cara de caña se hace presente. “Allá las reglas tienen que ser cumplidas estrictamente. Yo tomaba hasta las 12 de la noche del día anterior para no andar con olor a trago”, dice Karen.
Y claro, amigos no le faltaban. Donde alojaba -unos departamentos que se arriendan por temporadas- estaban llenos de jóvenes que después de la pega querían relajarse en lo que fuera.
Carretear en el gran estado de Florida es hasta tempranito. Entre dos y tres de la mañana era la hora de cierre de los clubs y bares. Así que no costaba tanto levantarse al día siguiente.
La música que más le tocó escuchar a Karen fue el regguetón. La creciente colonia de centroamericanos en EE.UU (y en el mundo, dicho sea de paso) son los culpables. El ritmo repetitivo de tambores y fraseos es algo así como su música nacional y ellos están orgullosos de llevarla como estandarte. Y enchufártela en el oído, de pasadita.
Según el horario que te hagas, el carrete puede durar varios días. Karen trabajaba cuatro días en el restorán. Y luegon se dedicaba a viajar: Miami, el Centro Espacial Kennedy (sí, el lugar de lanzamiento de la Nasa) y Santa Fe, en New Mexico. Todo, en su tiempo libre.
Con la plata que ganaba se lograba mantener y pegarse sus gustitos, sin problemas. “Hacer el Working Holiday no es para hacerse millonario y devolverse a Chile con bolsas de plata”, aclara Karen. Pero sí sirve para vivir experiencias únicas de trabajo, independencia y autonomía.
“Un programa de este tipo te ayuda a crecer, a hacerte independiente emocionalmente. A darse cuenta que nos podemos valer por nosotros mismos. Una buena palabra para decirlo: se consigue madurez“, enfatiza.
“Según yo, no es bueno llamar a casa muy seguido y es mejor distanciarse un poco porque así es más fácil vivir la experiencia, al no estar pendiente de lo que pasa en la casa. Y al no extrañar tanto”, recomienda Karen, que a sus 22 años tiene harto trajín de viaje en el cuerpo y sabe de lo que habla.
Karen nunca se estresó por el tema plata allá. Sabía que tenía un número fijo a fin de mes y gastaba según esa cifra. Ganarse las lucas (o dólares, en realidad) pasaba por llevar bandejas a las 253 mesas que tenía el local, aprenderse de memoria sus ubicaciones, hablar un buen inglés y tratar muy bien a los comensales.
Y además realizar todo esto disfrazada para ir a un safari: bototos de seguridad negros, calcetines blancos y largos, shorts beiges, un enorme cinturón negro y una camisa onda scout, color verde cazador y repleta de parches ñoños. ¿Fácil?
“Yo fui a pasarlo bien. Y así lo hice. Repetiría la experiencia, pero esta vez en Nueva Zelanda“.
Un programa que ofrece Cocha Joven a través del sistema de Working Holiday. Como para pensarlo, para estas vacaciones. Si total, carrete hay en todas partes del mundo.
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