Machu Picchu: la nueva maravilla no queda nada de lejos
- 07/07/2008
- Matías
- Destinos, Sudamerica y Chile, Perú, Machu Picchu
Me van a perdonar por ser poco patriota, pero es bastante más fácil y barato llegar a las ruinas incas que a los moais pascuenses.
Porque si algo está de moda hoy es ir a visitar alguna de las Nuevas Siete Maravillas del mundo y, en ese sentido, Perú en plata sale ganando. Por lejos.
Y es que si bien no vamos a ver a lindas señoritas isleñas moviendo las caderas, en las alturas andinas nos podremos encontrar con gente de todo el mundo que está en las mismas que tu: mal dormido -porque la noche anterior se lo carreteó todo en Cusco-, encañado y medio apunado con tanta subida y caminata.
O sea, jóvenes. Por montones. Y mucho chileno, sobre todo en vacaciones de invierno. No habrá moais en Cusco, pero pisco hay por todos lados.
Llegar a la ciudadela de los cerros, descubierta hace menos de 100 años por un aventurero-bueno-para-caminar, puede hacerse de dos formas. La que todo el mundo hace y es más cara; o la barata y más aperrada.
La primera consiste en pagar algo más de 55 dólares por el pasaje ida y vuelta en tren, mirar por más de 4 horas los verdes y andinos paisajes y, -si se quieren estirar las patas- aprovechar algunos tramos para bajarse del tren, que se mueve más lento que un Transantiago en día lunes.
El paseo se puede hacer por el día, lo que es poco recomendable por lo fugaz de la visita, o se puede alojar en Aguas Calientes. Un poco caro, eso sí: una hostal simplona puede costar 30 dólares.
La versión aperrada del viaje hasta las ruinas necesita de un corazón, patas y pulmones de aventurero. Una parte del viaje se hace caminando y, en altura, pucha que cuesta.
Machu Picchu queda a 130 kilómetros de Cusco, así que anda calculando. Y no carretees la noche anterior, porque te puede pasar la cuenta.
Sal del Cusco a Quillabamba con destino a Santa María. 6 horas en bus. Duerme allá y, al día siguiente bien temprano, toma una van-colectivo a Santa Teresa, por no más de 6 soles y 2 horas de viaje. Ya en la hidrioléctrica, pasarás sobre el río Urubamba en un pintoresco puente de carritos tirados por cuerdas, lo que se convierte en una postal obligadísima.
10 kilómetros y 100 fotos después, caminando al borde de la línea del tren y con los paisajes más espectaculares e incaicos que hayas visto hasta el momento, pisarás Aguas Calientes, el campamento-base para partir al día siguiente a Machu Picchu.
Muchos dicen que el viaje “fue muy bonito, pero no para hacerlo dos veces”. Créelo o no, pero atreverse a caminar por cerros con tanta historia y sentirse un viajero de una vez por todas vale la pena. Y es algo para contar a la vuelta.
Aguas Calientes es una especie de Farellones antes de subir a esquiar a un exclusivísimo centro de ski. Acá es la última oportunidad de comprar antes de que seas -literalmente- asaltado por los precios arriba del cerro. Agua, mucha agua, es una buena elección. Eso y, claro, algo livianito para echarse a la guata en tiempos de flaqueza.
Y sí, el pueblo se llama así porque hay unas termas bien baratas donde uno puede ir a ablandar las patas. Bien poco original el nombre, pero muy original el sistema: en los baños termales se arriendan hasta los trajes de baño. Já.
Fuera de eso el pueblo es fome, el tren lo cruza como en las películas de vaqueros y hay poco carrete casi por obligación. Sus casi 2 mil metros sobre el nivel del mar, y lo poco recomendable que es encañarse y apunarse al mismo tiempo asusta a muchos turistas al momento de salir a carretear.
Pero tú no eres un turista más; ¿o sí?
Para partir a Machu Picchu lo mejor es ir bien temprano. El primer bus parte a las 5 de la mañana y cuesta algo así como 6 dólares. Llegar allá sin mucho turista tontón y lento es un agrado, aunque estar todo un día arriba en las ruinas puede ser bastante fome porque no hay mucho que hacer, aparte de sacar montones de fotos en los miradores.
Incluso hay varios que se echan a dormir siesta entre las piedras milenarias.
En cambio, hay gente que hace todo el viaje-aventura y sube desde Aguas Calientes caminando. A pata se sube algo así como 1 kilómetro -es agotador-, pero le pone más cuento al viaje.
La entrada al mega lugar turístico cuesta un poco más de 20 dólares, pero con la tarjeta de estudiante la sacas por mitad de precio.
Un dato freak: en los pastitos vas a ver a unas llamas que resultan ser el objetivo favorito de las cámaras digitales de los gringos y japos. Lúcete y diles que los bichos esos no son de ahí, sino que fueron introducidos en el lugar para hacer un spot para TV y que nunca los sacaron; uno, porque estaban cómodos y, dos, porque atraían turistas preguntones.
Lo que sí hay que hacer allá arriba es subir el Wayna Picchu, o Montaña Joven. Y hay que tener sangre joven para subir hasta sus casi 2 mil 700 metros de altura y no ahogarse en el intento. La caminata dura algo más de una hora y se pone peluda al final.
Eso sí, allá arriba está la recompensa de haber subido, de haber aperrado, de tener echas jalea las patas, pero de ser de los pocos que la logran. Que están casi solos en la punta.
Y que son viajeros. Aventureros. No turistas.
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