La gente: el verdadero tesoro de la Isla Robinson Crusoe
- 30/09/2007
- Matías
- Destinos, Sudamerica y Chile, Chile, Juan Fernández
“¡Hola!” o “¡Muy buenas!” lanzan de entrada. No te has bajado del bote que te deja en el único muelle de la Isla y, como tus mejores amigos, te dan la mano y una calurosa
bienvenida.
En Robinson Crusoe no entregan el tradicional collar de flores como en Isla de Pascua, pero sí te reciben cariñosamente. Como tus parientes luego de un largo viaje. Y a falta de flores frescas, buenas son las langostas recién sacadas del agua.
Y es que si sales a pasear por los 2 kilómetros de costanera que tiene el pueblo San Juan Bautista, te sorprenderás con la amabilidad de la gente. Además de saludar de vuelta, no es extraño que se detengan a conversarte y, si andas son suerte, puede caer una invitación a pasar a sus casas.
La mezcolanza de ascendientes entre los habitantes de la Isla (suizos, alemanes, italianos, españoles y chilenos) hace que los casi 600 pobladores que viven en Juan Bautista sean el verdadero tesoro que esconde la Isla.
Común es juntarse por las noches en el único bar del pueblo, el Bahía, en donde los jóvenes lugareños cocinan pizzas de pulpo, de vidriola y bacalo, y las comparten con los turistas.
Tampoco es extraño que, por no más de 5 mil pesos (unos 10 dólares), se organicen excursiones colectivas hasta El Mirador de Alexander Selkirk, el mítico lugar en donde el pirata caído en desgracia habría vigilado sus dominios.
“Allá se vive como entre una gran familia. Una de casi mil personas, entre abuelitos, pescadores generosos y niños que no se aburren de jugar en el muelle”, dice María Paz Correa, quien viajó durante marzo al Archipiélago de Juan Fernández.
Y es que un plato de langosta al vapor -que en ninguna parte del mundo su precio baja de los 20 dólares-, acá te lo pueden regalar si le caes bien al dueño de la hostería familiar donde alojas.






