Mar de las Pampas, Argentina: desconectarse a full en la única slow city de América.
- 22/05/2007
- Matías
- Destinos, Sudamerica y Chile, Argentina, Buenos Aires
“Estamos caminando. Velocidad máxima: 30 kilómetros por hora”, dicen las señalizaciones en las calles de arena.
¿De qué planeta estamos hablando? Del planeta Argentina, pueblito de Mar de las Pampas: el único lugar del Universo donde cada 50 metros hay carteles como esos.
Bueno, no en el Universo. Pero sí en América Latina. Porque Mar de las Pampas está orgullosa de ser la primera y única slow city de todo el continente.
Todo, en la costa atlántica de la provincia de Buenos Aires y a menos de 400 kilómetros de la Capital.
Acá no hay autos. Acá no hay celulares. Acá no hay ruidos, ni avalanchas de turistas acabando con la tranquilidad (al menos entre marzo y diciembre). Acá no hay apuro.
El concepto de slow cities surgió en Italia y, sin saberlo, los primeros pobladores de Mar de las Pampas coincidían -y coinciden- bastante con los fundadores del movimiento: vivir sin apuros, conservar las playas vírgenes y sin construcciones, los bosques limpios, calles sin propagandas y los paseos sin ruidos estridentes.
Por eso es que ir a la playa nunca fue más hippie. Por eso es que pasear por los bosquecitos es para creerse zen.
Llegar hasta acá no es caro, porque la bencina y los peajes en el país trasandino son una broma. Lo que puede hacer que aprietes bolsillos y presupuesto es la estadía.
Todas las cabañas acá conservan el way of life del lugar y hasta las mucamas pregonan el amor y la paz. Lo que duele son los precios: desde 300 dólares una semana.
Una excelente opción, eso sí, es alojar en el vecino balneario de Mar Azul, uno quizás más hippie, relajado y joven que Mar de las Pampas.
La playa acá es una constante.Y nadie te va a mirar feo si estás echado todo el día en la arena. Si tu rutina consiste en mar, comer y dormir, tampoco.
Por unos 5 dólares se puede ir a la primera Reserva Dunícola de Argentina: un ecosistema de dunas costeras en constante movimiento. El precio incluye el sandboard para tirarse cerro abajo y tragar arena un rato.
Hambre. Hambre. Hambre. Hambre y slow food también, obvio. Es bien difícil pillar el típico sándwich de milanesa (aunque los hay). Lo que corre acá es la comida tremendamente gourmet, pero a precios ché. Comida siempre marcada por la tradición italiana y platos baratos.
Platos lentos. Lentos pero exquisitamente preparados. Slow food. Slow City. Exquisita también.
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