Pisa: una torre que se nos viene encima
En la región de la Toscana es un imperdible. Un clásico monumento que no hay que dejar de conocer. Estás avisado: saca papel y lápiz.
Sí. Es la archiconocida Torre de Pisa. Y a pesar de eso; ¿por qué nos interesa?
Por su condición, única e irrepetible.
Paradójicamente, este edificio de mármol de 55 metros fue construido para que permaneciera en posición vertical (como el 99,999 por ciento de los edificios del mundo), pero comenzó a inclinarse tan pronto como se inició su construcción, en agosto del año 1173. ¿La razón? Un terreno pantanoso y la poca planificación de unos improvisados ingenieros.
Stop. Toma aire. Enfría la sangre.
Es que es un verdadero espectáculo ver la llegada en masa de visitantes enardecidos hacia el monumento: la norma del turista es correr y ubicarse en los lugares más estratégicos para tomar la típica fotografía en la que la persona simula hacer fuerza con sus brazos estirados, como sosteniendo la Torre.
La mejor hora para ir es, como siempre, temprano en la mañana. De lo contrario, hordas de turistas estarán peleando su metro cuadrado.
Subir la Torre inclinada es toda una experiencia. Como un Disney World, pero por algo más de 15 euros.
A medida que subes, tu cuerpo se va inclinando también. El piso es traicionero y mantener el equilibrio un desafío. Volver a la normalidad puede resultar tan extraño como bajarse de un caballo luego de horas de cabalgata.
Pero el foco de atención no se lo lleva solamente la Torre. Alrededor hay dos joyitas que son comentario obligado de los japoneses y sus cámaras: la Catedral de Pisa y el impresionante edificio de planta circular que lleva el nombre de Baptisterio.
Ni se te ocurra sentarte en algún restorán del sector. Son tremendamente caros. Dos ojos de la cara te va a costar un sólo café. En serio. Ni lo pienses. Aguanta el hambre o pierde varios euros en el intento.
Y si de mercado callejero se trata, ahora es el momento para que las mujeres vayan sacando de sus bolsillos un par de euros. Pueden llenar bolsas y bolsas de bufandas, cinturones, billeteras, los típicos llaveros de recuerdo… y el infaltable gorro de lana.
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