Panamá el destino de moda para ir detrás de las islas semidesiertas
El problema que los chilenos tenemos con Centroamérica es justamente nuestra carencia de los mal llamados “paraísos”.
Paraísos, si se entiende por esto mucha playa, sol y mar. De hecho, mientras lo “tropical” se marketea como un territorio amable, pintoresco y de descanso infinito (el paraíso, de nuevo) al estilo de cierta novela de Foster Wallace; Chile aún no se ha mitificado al punto de posicionar a Torres del Paine, Valparaíso o el desierto de Atacama en el “imaginario” global. Nuestros paraísos.
A lo que vamos es que Panamá puede ser una estupenda zona de resorts, spas y lujo “sabrosón”, pero si logras esquivar estos clichés viajeros -y el canal que une el Pacífico con el atlántico- puedes encontrarte con un lugar efectivamente salvaje y entrañable.
Pasemos a revisar lugares como Bocas del Toro y San Blas, que están más que taquilla.
Existe un archipíelago de nueve islas, 51 cayos y más de 200 islotes llamado Bocas del Toro. Allí se encuentra la selva y cascadas de isla Bastimientos y la famosa isla de los Pájaros.
Ojo, que Panamá al igual que Brasil es una tierra repleta de aves coloridas y ciertamente encantadoras. También está el Parque Nacional Marino, el primero del país que está muy recomendado por Lonely Planet. La isla Contadora es perfecta para el buceo y tiene más de una decena de playas.
Este “paraíso” se contrapone con Panama City, ideal para los que se sientan algo confundidos entre tanta naturaleza.
Hoteles, tiendas, bancos, cafés y un skyline de edificios modernos tipo “Sanhattan”. Bueno, la típica infraestructura urbano-turística de toda ciudad con más de un millón de habitantes. O la Zona Libre de Colón, una ciudad puerto que como su nombre lo indica es una versión elegante y amable de Ciudad del Este.
Más recomendable -como en toda ciudad también- es recorrer el casco antiguo. Ojo con las construcciones españolas (fortalezas y plazas) y cierto aire francés, producto de las inmigraciones. También con la Catedral, construída en el siglo XVII, el Puente del Rey y la Universidad de los Jesuitas (la primera que hubo en América).
Por el célebre canal de Panamá -construído entre 1904 y 1914- siempre están pasando barcos. Es bueno para ir a pegarse la vuelta y mirar la conjunción de los dos Océanos (hay un tren que los conecta, también). Estuvo administrado por Estados Unidos hasta el año 2000.
San Blas (¿el mismo de la canción de Maná?) es una zona independiente de Panamá desde 1925. Se llega en avioneta o taxi marítimo. Una inesperada maravilla social, donde sus 50 mil personas están siempre bien predispuestos y extremadamente hospitalarios.
Los kunas (indios nativos) son excelentes anfitriones. En la primera noche de la estadía agasajan a sus visitantes con una cena muy especial en la que, además de ofrecer exquisitos manjares tradicionales, narran su historia y detallan los aspectos más importantes de su cultura y sus costumbres.
Se trata de una ceremonia muy particular, en la que es posible ingresar a un mundo muy lejano de la aldea global que habitamos.
Una comunidad indígena totalmente libre de las sonrisas turísticas forzadas, imperdible si andas por el Caribe.





